| ACMS Premios Fermín Caballero: 2005: (2º) DESEOS, CAPITALISMO-TECNOLÓGICO Y ANTROPOGÉNESIS | |||
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| PREMIO FERMÍN CABALLERO DE ENSAYO CORTO EN CIENCIAS SOCIALES EDICIÓN 2005 2º Premio DESEOS, CAPITALISMO-TECNOLÓGICO Y ANTROPOGÉNESIS David Ortega Gutiérrez 1. Antropología dinámica y neutralidad ética Es un principio básico de la sociología que la sociedad configura en importante medida a la persona que en ella vive. Irremediablemente somos hijos de nuestro tiempo. ¿Irremediablemente?, ¿estamos frente a un determinismo sociológico? La respuesta, a mi entender es doble: 1. Por un lado, sí somos hijos de nuestro tiempo, nuestra circunstancia vital inevitablemente nos determina. No podemos huir de nuestras coordenadas espacio/tiempo, al menos por el momento. ¿Esto significa que no somos libres? No exactamente; 2. Somos libres, pero no absolutamente libres. Nuestra libertad tiene ciertos límites culturales que no elegimos. La esencia de nuestra libertad se encuentra, como señalara Ortega, en la respuesta que demos a nuestra circunstancia vital. Por ello, es preciso y aconsejable conocer el entorno en el que uno se mueve y vive –finalidad de este capítulo- para poder ser realmente libre, es decir, posicionarnos en nuestro entorno vital. El mundo desarrollado vive en un claro y perfilado entorno vital: el sistema económico capitalista-tecnológico. Sartori hablaba de los medios de comunicación como antropogenéticos, es decir, de ellos se podía derivar un tipo concreto de persona: el por él denominado homo videns. Comparto el principio utilizado por el pensador italiano, y creo que perfectamente se puede trasladar el análisis al sistema económico capitalista. ¿Puede el capitalismo moldear un tipo determinado de persona? Pienso que está posibilidad existe fehacientemente. Me remito al hombre unidimensional de Marcuse. Para avanzar en nuestro análisis hemos de alejarnos tanto de Rousseau como de Maquiavelo. Russell se encontraba más próximo de la verdad al afirmar que la naturaleza humana es éticamente neutra. Esto es, en el ser humano existe el desarrollo del mal y del bien. Podemos tener seres humanos próximos a la visión hobbesiana o cercanos a la visión roussoniana. Platón afirmaba que no hay hombres malos, sino ignorantes. También pensaba, siguiendo a su maestro, que la virtud es conocimiento, y por lo tanto, puede enseñarse. A través de su Academia se puso manos a la obra en un tiempo en el que la areté no se encontraba en su mejor momento. Por tanto, se puede admitir que el mal o el bien en el hombre son dos posibilidades. Existen como posibilidad, y hemos de analizar qué circunstancias socioeconómicas rodean al hombre para saber hacia donde se le empuja y cómo él puede responder. Nuestro entorno actual, que no elegimos –aunque podemos contribuir a cambiarlo-, es el sistema capitalista. Éste tiene unos principios sagrados que lo configuran y determinan. Pensemos en una serie de palabras con connotación o significado positivo, y luego tratemos objetivamente, de observar si tienen cabida en la dinámica profesional que se desarrolla en un entorno de economía de libre mercado capitalista: por ejemplo, generosidad, gratuidad, sensibilidad, conciencia, integridad, cooperación. Tratemos de ser más claros. En el mercado laboral que conocemos y sufrimos, cuál de estas dos alternativas realmente se dan: cooperación/competencia, pensar en el otro/sobrevivir cómo sea, nobleza/astucia, integridad/todo vale. Probablemente se esté de acuerdo que la segunda opción se da bastante más que la primera. Es pues lógico y normal, en relación con el entorno profesional que vivimos, que las personas que mayoritariamente nos encontremos sean profundamente egoístas, les importe poco o nada el que tienen al lado, actúen al margen de cualquier criterio que no sea su propio beneficio y, además, y esto es lo más preocupante, estén bien visto por los demás e incluso sean admirados. En la sociedad española, en los últimos decenios, ha habido ilustres nombres de líderes sociales que daban este tipo. Han dirigido bancos, compañías de medios de comunicación, grandes empresas, etc. Es necesario ser realista. Saber el terreno que se pisa. La circunstancia laboral actual en el mundo desarrollado pone en graves aprietos la integridad de la persona y, por tanto, su estabilidad y paz interior. Normalmente mantener tu integridad acarrea problemas de muy diversa condición. En principio, está mal visto. Es curioso que hoy el bien se aprecie como algo malo. El ser buena persona aparece como un síntoma de debilidad, de fragilidad, de estar en desventaja. La agresividad frente al competidor es algo connatural al sistema capitalista. El darwinismo es su última base. El pez grande se come al chico. La realidad que estoy describiendo no es desconocida. Basta con conversar con cualquier amigo que trabaje en los más diversos sectores: banca, seguros, universidad, empresas de servicios, medios de comunicación, comerciales, abogados, etc. Las personas aparecen cansadas, abatidas, resignadas, escépticas frente a un ambiente profesional que no les gusta, pero que parece imposible cambiar. El principal problema está en que esta realidad se acepte sin más. La circunstancia está clara, falta saber cuál es nuestra postura frente a ella. En el hombre está el bien y el mal, y la situación actual, no nos engañemos, nos invita a lo segundo con una batería de ataque formidable. La publicidad, el marketing, los modelos sociales, los mensajes comerciales, todo es unidireccional: consumo, consumo, consumo. Cuestiones tan poco materiales como la libertad o la juventud, pasan a definirse... ¡por el producto que se consume! Nuestros deseos, impulsos, instintos, pensamientos, ilusiones se mueven en esta línea desde la radio, la televisión, la música, la prensa, el cine, el vecino o el compañero de trabajo, a veces también desde el propio amigo, por no hablar del marido o la mujer. A cuantos hombres/mujeres su pareja les lleva con la “lengua fuera” para mantener un determinado nivel económico, especialmente para aparentar. Sin embargo, la naturaleza humana no soportará mucho está situación, y ahí comenzará el cambio. Paulatinamente, poco a poco, las personas irán perdiendo el miedo a romper con la mediocridad que les rodea. A pesar de lo difícil de la situación, tengo una gran fe en la capacidad de reacción de la persona. Con retrocesos y altibajos, la historia humana avanza hacia el progreso. Por lo demás, tengo por cierto que la naturaleza humana sólo sobrevivirá en el bien. El mal existe, pero destroza a la persona. El hombre ha nacido para el bien, sólo en él encuentra la felicidad plena. Ésta parece, sintomáticamente, alejada de nuestra sociedad opulenta y materialmente desarrollada, pues la principal medicina que, de largo, consumimos son los tranquilizantes. Parece que el hombre del sistema capitalista no está evidentemente tranquilo. Es normal. Su naturaleza no puede adaptarse. Los deseos, impulsos y emociones del materialismo no dan paz a la persona. La paz interior únicamente se encuentra cuando uno está entero, es decir, mantiene su integridad, su respeto a sí mismo. Seamos libres, luchemos por buscar otras posibilidades a esta realidad que nos está destruyendo. Hagamos nuestra propia historia personal al margen de dictados externos. Busquemos el apoyo de compañeros de viaje que persigan un destino parecido. Afrontemos la realidad sin miedo, con consciencia de la dificultad enorme, y sabiendo que el trayecto ya es una parte de la meta. Si algo enseña la historia, es que todo puede cambiarse. Instituciones con siglos de historia, incluso milenios, han caído. El capitalismo tan sólo tiene unos cientos de años, sin duda también caerá. Sus valores son incompatibles con la parte más espiritual de la naturaleza humana, es decir, la esencialmente humana, la que solamente los seres humanos tenemos. El capitalismo es embrutecedor y bestial, su base es claramente animal, tan sólo se centra en lo material, por ello no puede perdurar mucho tiempo. La perplejidad y el hartazgo comienzan a surgir por doquier. Muchos jóvenes se rebelan contra lo que se les ofrece. Miran el mundo sin comprenderlo. Pero se asombran, no lo aceptan. Tener todavía capacidad de asombro es importante. Mantenerse perplejo es tener capacidad y criterio de discernimiento, todavía. La perplejidad requiere saber cómo deben ser las cosas, verificar que las cosas no son así y asombrarse del sin sentido o deriva a la que se precipitan. La perplejidad es salud en estado de alerta. Quien está perplejo no está enfermo. Quien está satisfecho sí, pues está ya perdido en las postrimerías de la historia. Esto es, sin historia, sin ideología, sin razón y sentido, salvo consumir: coches, cine, televisión, internet, ocio. El hartazgo surge de la monotonía y de la saturación. La revolución tecnológica no lo es todo. Los impulsos creativos del ser humano son los que le equilibran y realizan como tal, no los impulsos posesivos. El actuar y los deseos humanos, a pesar de todos los anuncios y de toda la publicidad del planeta, no se pueden reducir al consumo. El hombre, simplemente, necesita más. Analicemos pues esta cuestión con algún detenimiento. ¿Qué mueve realmente al hombre en su actuar? La acción humana persigue principalmente cubrir las necesidades humanas. El hombre se mueve, actúa, vive según sus necesidades. Sinceramente, todavía no he conocido, y encuentro muy difícil que llegue a conocerlo, un hombre que esté fuera de este sencillo pero irrefutable principio. Demos un segundo paso. Decir que el hombre se mueve, actúa y vive según sus necesidades no es un inicio desdeñable, pero tampoco es decir mucho. El siguiente paso debe ser analizar qué tipo de necesidades son las que mueven al hombre, las que guían su actuar. 2. Necesidades e impulsos materiales/espirituales Básicamente podríamos englobar en dos grandes grupos la práctica totalidad de las necesidades que afectan al ser humano. Un primer grupo lo formarían aquellas necesidades que podemos denominar materiales, y un segundo grupo lo formarían aquellas necesidades que podemos denominar espirituales. Vamos a analizar ambas. Por necesidades materiales entendemos aquéllas que buscan satisfacer el lado material de la vida; por ejemplo: la provisión de comida, de ropa o vestimenta, o la necesidad de tener casa o cobijo. Estas necesidades responden a la realidad material o corporal del hombre. Todo hombre necesita comer para sobrevivir, necesita vestirse para soportar el frío y necesita un techo bajo el que refugiarse. Si el hombre no cubriera estas necesidades, perecería. Por necesidades espirituales entendemos aquéllas que buscan satisfacer el lado espiritual de la vida; por ejemplo: las relaciones interpersonales -la amistad, el amor-, la expresión artística, el desarrollo intelectual, el pensamiento religioso, etc. Ambas necesidades son propias del hombre, de su ser material y espiritual. Faltando cualquiera de ellas su vida como ser humano se vería seriamente afectada. No es humano el hombre que vive sin comida o sin techo, como tampoco lo es el hombre que vive solo, sin amigos. Ambos casos están abocados a la muerte o a la locura, pues son humanamente insoportables. Sin embargo, a pesar de ser ambas necesidades humanas e imprescindibles, no tienen el mismo rango de humanidad, propiamente hablando. Me explico. Las necesidades materiales, humanamente «necesarias», no son algo distintivo del hombre, propio y característico de su humanidad. El buscar comida y cobijo para sobrevivir lo comparte el hombre con los animales. Nuestra necesidad de comida no difiere, excesivamente, de la necesidad de comida de cualquier ave de rapiña. Las necesidades materiales no nos hacen ciertamente humanos aunque, desde luego, son condición necesaria para llegar a las necesidades espirituales. El hombre que no tenga suficientemente cubiertas sus necesidades materiales no cejará hasta cubrirlas. Será, por tanto, cuando haya satisfecho éstas, cuando podrá centrarse en cubrir sus necesidades espirituales, con excepción de los anacoretas. Así, son las necesidades espirituales más propiamente humanas que las materiales, pero primero han de estar mínimamente cubiertas estas últimas. Como conclusión de este punto que acabamos de analizar, destacamos una idea fundamental, son las necesidades espirituales las que nos hacen verdaderamente humanos y las que nos diferencian de los animales. El amor, la amistad, la inteligencia, la religión, están más allá de cualquier animal. La persona que se centra en satisfacer las necesidades materiales, olvidando las espirituales, reduce su existencia a una mera existencia animal, ausente de toda humanidad. Demos un tercer paso, una vez que hemos diferenciado ambas necesidades. Al existir necesidades, normalmente suelen existir también los bienes que las cubren. Si hay necesidad de comer, habrá comida, si hay necesidad de cobijo, habrá refugios, si hay necesidad de amistad, habrá amigos, y si hay necesidad de Dios, según Santo Tomás, habrá Dios. Junto a las necesidades pues, hay una serie de bienes que las cubren. Al igual que existen necesidades materiales y espirituales, tenemos sus correspondientes bienes materiales y espirituales. ¿Cuáles son estos bienes? Los bienes materiales son principalmente bienes posesivos, que se concretan, por ejemplo, en la propiedad, en la tenencia de cosas u objetos: una casa, un coche, cualquier tipo de máquina, etc. Los bienes espirituales, por el contrario, son principalmente constructivos, no se centran en la propiedad o posesión, sino que se dan en la creación, tanto a nivel artístico (un poema, un cuadro, una canción), como intelectual (un pensamiento, una reflexión, una teoría, un descubrimiento), religioso (una religión) o relacional (una amistad, un amor). ¿Cuál es la principal diferencia entre ambos tipos de bienes? Considero que la principal diferencia estriba en que mientras los bienes materiales sirven o los disfruta únicamente su dueño o poseedor, los bienes espirituales son justamente lo contrario, no sólo los disfruta quien los posee o los crea sino que se comparten con los demás. Crece quien los crea y quien los recibe. Un poema, una canción, un descubrimiento científico, una doctrina religiosa nos enriquece, nos hace más humanos a todos los que nos aproximamos a ellos. Es importante que quede claro que ambos bienes son necesarios. Una ser humano necesita (impulsos posesivos) un mínimo de bienes materiales para poder vivir humana y dignamente. Sin embargo, la diferencia clave se encuentra en que, aunque no se perciba con claridad, un excesivo número de bienes materiales o posesivos pueden llegar a arruinar nuestra existencia como hombres y mujeres. Más allá de su grado, los bienes posesivos pueden ser destructivos de la humanidad de la persona. Esto jamás pasará con los bienes espirituales (impulsos creativos). El crecimiento en su posesión y disfrute siempre nos hará más humanos. Por lo demás, y es un matiz trascendental, exclusivamente los bienes espirituales pueden contribuir a orientar los fines de una vida plenamente humana. Los bienes posesivos nos ofrecen medios, instrumentos, jamás fines. Es más, la ciencia y la tecnología son un medio para enriquecer la vida del hombre y de la mujer, pero la finalidad de la vida humana no la podemos encontrar en tener un equipo o aparato más completo que el que teníamos, pero menos que el que tendremos. Hemos de recurrir a la literatura, filosofía, historia, arte, astronomía o religión para poder encontrar los fines, las orientaciones para una vida en su sentido más humano. La formación integral de una persona debe partir de estos principios expuestos. Ha de centrarse en el desarrollo -pues la persona es un ser dinámico, no estático- del lado más humano, más espiritual del hombre y de la mujer. Dentro de este lado espiritual destacaría principalmente tres dimensiones: 1. La intelectual, centrada en la inteligencia y el conocimiento; 2. La propiamente espiritual, basada en el amor y la amistad y... 3. La del carácter, cuyo principal exponente sería el valor. El conocimiento de las distintas disciplinas: historia, matemáticas, teología, geología, filosofía, medicina, derecho, etc.; debe servirnos, no sólo para sobrevivir, como profesión, sino para ser más inteligentes, más generosos y más valientes. Si, por el contrario, nos hacen más estúpidos, egoístas y cobardes, no hemos interpretado de forma correcta su estudio, no nos hacen más humanos, en definitiva, no nos sirven. 3. El capitalismo del siglo XXI y la formación del individuo Por el momento, el resultado de la antropogénesis que el sistema capitalista-tecnológico está creando se podría resumir, a riesgo de ser imprecisos, en cuatro características fundamentales que, desde nuestra perspectiva, vienen a configurar al hombre-medio del siglo XXI en el entorno de nuestra sociedad occidental. 1. La primera característica sería un hombre centrado en sí mismo, básicamente egoísta. Esto sería como consecuencia de: a) un sistema económico capitalista-darwinista en el que la competencia o la lucha entre los competidores es su más pura esencia (la «legítima» defensa del interés propio) y, b) un sistema democrático mal comprendido en el que la democracia es sinónimo de libertad individual plena y ésta se entiende erróneamente como sinónimo de hacer lo que "YO" quiera. La combinación de a) y b) nos da como resultado un individuo cuyos deseos, impulsos, emociones y expectativas, hábilmente alimentadas por los medios de comunicación de masas (propaganda y publicidad), se centran principalmente en sí mismos, en su propio interés, sin caer en la cuenta o considerar la existencia del interés del otro o, la existencia de un interés global. 2. La segunda característica nos llevaría a un hombre con posibilidades de acceso a mucha información, pero profundamente ignorante, poco formado. La educación cada vez ofrece menos defensas a los jóvenes. Asistimos atónitos a la supresión de las humanidades a pesar que desde antaño personajes de la talla intelectual de un Stuart Mill, el primer Nietzsche, Giner de los Ríos, Ortega o Bertrand Russell nos advierten, entre otros muchos, de los graves peligros que se pueden derivar para la existencia humana si relegamos el estudio de estas disciplinas. Sin ellas, el individuo está indefenso frente a la manipulación de los medios de comunicación, de la llamada opinión pública, de la maquinaria que supone el Estado, de la arrolladora globalización. La ignorancia del individuo no sólo afecta hoy a su intelecto. Sin su intelecto, sin cultura, los deseos del individuo, sus pasiones, sus impulsos, sus emociones, son más fácilmente controlables y manipulables. Ya en los años cuarenta nos advertía Marcuse de la creación de las falsas necesidades en su magnífico libro, ya citado, El hombre unidimensional (significativo título). Sólo la formación puede proporcionar al individuo la necesaria defensa frente al bombardeo que minuto a minuto recibe de la televisión, los carteles publicitarios, la música, los grandes almacenes y toda la maquinaria consumista que ataca la parte más débil y sensible del individuo: sus deseos y emociones, además de su inteligencia. Cuanto más formada esté una persona, será menos manipulable y, por lo tanto, más verdaderamente libre. 3. En tercer lugar tendríamos un individuo débil, falto de carácter. Esto ya lo detectó Tocqueville a mediados del siglo XIX (1835-40) en los dos volúmenes de su gran obra Democracia en América. En Sobre la libertad (John Stuart Mill) encontramos también está preocupación por el individuo aislado y debilitado frente al poder creciente de la masa o del Estado. En el siglo XX Mannheim, Ortega y su Rebelión de las masas, y Erich Fromm en su obra El miedo a la libertad, vienen a desarrollar esa inquietud que en el siglo XIX vivieron Tocqueville y Mill. Todos ellos se preocupan por un individuo cada vez más débil, más indefenso ante la realidad que le rodea. Los excesos de una democracia mal entendida, el crecimiento de un "monstruo inconmensurable", como el mundo creado por la globalización -que sabe que sus brazos llegan a todas partes, pero no se conoce su cabeza-, o la maquinaria de los medios de comunicación de masas, por no mencionar el nuevo aislamiento que está produciendo en la psicología del ser humano el desbordante desarrollo informático; tienen al individuo entre las cuerdas, indefenso frente a una realidad que vive y le afecta, pero en la que él siente que no puede intervenir, que nada puede hacer, tal vez que no entiende. Así, surge un individuo resignado, débil, escéptico frente a un entorno que considera inamovible. Es mejor -piensa-, más pragmático, adaptarse a ella. En este sentido, no debiéramos olvidar, precisamente, la huella del pragmatismo. Por vez primera Europa se ve sometida a una filosofía que no nace del viejo continente, sino de los Estados Unidos (Peirce, James, Dewey). Estados Unidos como nación preponderante en el mundo impone su cultura, su filosofía de vida, y ésta es claramente el pragmatismo que nació a finales del siglo XIX y que, por qué no decirlo, congenia bastante bien con un sistema económico como el capitalista. Hoy, la persona, sin casi percibirlo, sin apenas reflexión, se convierte en un acaparador, no en el sentido literal y comercial del término, sino en la realidad de tener mucho más de lo que verdaderamente necesita y, lo que es peor, malgastar una gran parte de su vida en la consecución de ese plus innecesario de cosas que a la larga, no nos aporta nada. 4. En último lugar, debemos destacar que una unidad fundamental y clave como es la familia, se tambalea en nuestra sociedad moderna. Por distintos factores (poco tiempo de los padres para dedicar a sus hijos y para comunicarse entre ellos, debido al exceso y al ritmo del trabajo profesional; preferencia por mantener un determinado status económico y por ello trabajar más, lo que implica estar menos con la familia; presencia de la televisión en el centro del desarrollo de la vida familiar; menor estabilidad y perdurabilidad de la pareja; mayor individualismo y menor generosidad), la familia está sufriendo un considerable deterioro. Esto, evidentemente, repercute en el crecimiento y en la formación de los hijos e hijas, de las nuevas generaciones que no cuentan con un entorno adecuado en el que se vele por su educación y formación, además de crecer en hogares «rotos» o «fragmentados». Esto, como juez, lo he podido verificar día a día y, siempre, las víctimas inocentes son los hijos, muchas veces utilizados por los padres para deteriorar la imagen del otro cónyuge. Esta realidad es bien conocida por los letrados y letradas especializados en familia. 4. Conclusiones He tratado de exponer la realidad que considero que estamos viviendo, los peligros que entraña y las posibilidades que tenemos. Como decía Marcuse, el primer paso es liberar las conciencias. Una vez percibidos los problemas, nos resta afrontarlos sin temor, formarnos para saber rebelarnos con constructividad, pensar que la vida hay que vivirla con imaginación, esperanza, esfuerzo y, sobre todo, con ganas de construir, de crear, de gozo en la aventura intelectual y en el compromiso social. De cultivar nuestros deseos constructivos frente a los posesivos o destructivos, de apreciar nuestra naturaleza dinámica como la gran aventura de descubrirnos, de ponernos a prueba, de ver hasta dónde podemos llegar. Es imprescindible romper el engaño que supone la actitud de «nada se puede hacer». La resignación no ha contribuido excesivamente a la historia más valiosa de la humanidad. Hoy nos sobran medios, falta tener claros los fines, para saber qué hacer con ellos. Si el desarrollo material no va acompañado del correspondiente desarrollo espiritual, el individuo estará necesariamente desequilibrado, descolocado, desorientado. Nuestro tiempo requiere, por su propia potencia material, su correspondiente potencia espiritual que, desgraciadamente, por el momento, es obvio que no tenemos. El camino es muy claro, es preciso tener el valor de reconocer nuestra realidad para afrontarla y reorientarla. El capitalismo no es humano. Habrá que buscar otro sistema que lo sea, que cubra nuestras básicas necesidades materiales y que no destruya nuestras esenciales necesidades espirituales, que desarrolle principalmente nuestros impulsos constructivos, creativos, de vida. La historia de la humanidad espero que sea lo suficientemente extensa para que algún día los hombres logren vivir con una mínima dignidad que hoy no tenemos. Ésta es la verdadera meta a perseguir, por la que muchos otros han luchado y han hecho parte del camino que debemos continuar. El desarrollo tecnológico será válido si a todos beneficia, si contribuye a que la mayor parte del globo quede marginada, estamos en el camino equivocado, guiados por políticos, economistas y científicos equivocados, que están desempeñando un papel histórico para el cual, evidentemente, no están preparados. |
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